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MI RELATO PARA EL CONCURSO DE HISTORIAS DE LIBROS DE ZENDA

¡Hola a todos!
Esta es una entrada diferente a las que suelo publicar en este blog. 
Como algunos de vosotros sabéis una de mis pasiones, además de la lectura, es la escritura y, de vez en cuando, participo en concursos literarios como el de hoy. Si queréis más información sobre el concurso, aquí tenéis el enlace.
Y este es mi relato:

Gina

Debía dar un giro a mi vida y conseguir un
trabajo paralelo a la escritura, que no me robase demasiado tiempo y me diera más
dinero que mi desastroso último libro.
La prostitución no fue algo que me hubiera planteado hasta entonces seriamente,
pero en aquellos momentos mi situación era tan desesperada que la consideré el
complemento ideal a mi paupérrima vida de escritor.

Redacté un anuncio para algunas
de las webs porno más conocidas de la red, pero al hacerme las fotos que debía
poner para cumplimentar mi perfil, comprobé que los años no habían pasado en
vano y que mi cuerpo estaba demasiado lejos de lo que podía ser deseable para
una mujer. Recurrí a un manual de Photoshop y dediqué varias horas a retocar algo
más que sutilmente mis fotografías, limando algunas de las imperfecciones que a
mis cuarenta y muchos años adornaban mi figura.
Mi aventura en la porno red empezó un jueves y
cuál fue mi sorpresa al descubrir que tenía un servicio contratado para ese
mismo fin de semana. La clienta contactó conmigo mediante correo electrónico,
diciéndome el hotel donde debía presentarme, el día, la hora y su nombre: Gina.
Hacía mucho que no tenía
pareja, por lo que aquella pseudo-cita me hizo sentir alagado a la par que inquieto.
Después de tanto tiempo de celibato, no estaba seguro de que aquellas alturas
mi cuerpo respondiera como lo había hecho tiempo atrás.
El viernes por la noche, antes de la cita, me
duché con especial detenimiento, rasuré el vello de mi cuerpo, en un intento de
parecer más deseable para la fémina que pagaría por mis servicios, me hidraté y me
perfumé hasta el último recoveco de mi dermis. Me vestí con uno de los trajes
que había comprado en mi última etapa en el periódico, imaginé que al ser un
traje tipo sport y sin corbata pasaría por uno de esos trajes estilosos que
tanto gustaban a mi ex.
Llegué puntual al Hotel y subí
a la habitación 501, que ella había reservado. Mientras la esperaba, me empezaron
a sudar las manos, estaba francamente nervioso. No sabía cómo enfrentarme a una
desconocida, a la que debía satisfacer con un amplio abanico de cualidades
amatorias, que dudaba que aún conservara en mi haber.
Unos minutos después de la hora
en la que habíamos fijado nuestro encuentro, llamaron con decisión a la puerta
de la habitación. Respiré profundamente intentando serenarme, y abrí de forma
tranquila, colocando en mi cara la sonrisa más relajada que tenía almacenada en
mi biblioteca de gestos faciales.
Ante mí encontré unos enormes
ojos verdes, enmarcados por unas espesas y larguísimas pestañas, que me miraban
con expresión ansiosa y expectante. Sus labios eran algo finos, pero iban
maquillados con una espesa y untosa capa de carmín rojo, color que también
ocupaba el entallado vestido que envolvía su cuerpo como una segunda piel. El cabello
le cubría media espalda con espesos bucles rubios peinados con sumo cuidado.
Gina tenía una altura considerable, a lo cual contribuían aún más los altísimos
tacones que lucía.
            Me
sorprendí gratamente con lo que tenía delante, para ser sincero esperaba
encontrarme con una mujer de mediana edad con escaso atractivo físico y que a
duras penas consiguiera excitarme. Sin embargo, ella se acercaba bastante al
prototipo de mujer que me había atraído desde la adolescencia.
Con un caminar pausado y gatuno
se adentró en la habitación sin mediar palabra, sólo me dedicó una insinuante
sonrisa que despertó como a un resorte a mi amigo del sótano. Dejó su bolso a
los pies de la cama y empezó a desabrocharse el vestido. Mientras, mis manos
continuaban encharcadas de sudor, no encontré mejor lugar para secarlas que las
socorridas perneras del pantalón de mi traje, que al ser de color oscuro creí
que guardarían mi secreto. No obstante, me duraría poco puesto, por lo que pensé
que ese detalle carecía de importancia.
Gina había desabrochado su
vestido hasta la cintura, mostrándome unos espectaculares senos ocultos tras un
sujetador de color negro, que dejaba poco trabajo a mi explotada imaginación de
escritor. Pero, ¿ quién pensaba entonces en escribir?. Me acerqué a ella
quitándome la chaqueta del traje y desabrochándome la camisa. Después le despojé
de aquel ingenio de puntilla azabache que cubría sus turgentes pechos. Una vez
desnuda de cintura para arriba, me decidí a hacer lo propio con el resto de mi
ropa. Desnudo, le tocaba el turno a ella, pero cuál fue mi sorpresa cuando de
un empujón me sentó en la cama y me regaló un strepteasse con el resto de ropa que cubría su piel. Poniéndose de
espalda y con un sinuoso recorrido de su mano, acabó de bajar la cremallera
trasera de su vestido, que se deslizó hasta sus pies con un leve fru-fru sobre
la moqueta que cubría el suelo de la habitación. Con un ágil movimiento de sus
torneadas piernas se zafó de aquella prenda de ropa y con un leve movimiento de
cadera se deshizo de la última y pequeña pieza de encaje que ocultaba aquella parte
de su anatomía.
Una vez desnuda, se giró. Yo,
que a aquellas alturas todavía intentaba comportarme como un caballero, decidí mirarle
a los ojos. Desde mi privilegiada posición en la cama fui deslizando la mirada
hacia abajo, entreteniéndome en sus redondeados senos y en la forma de su
estrecha cintura, hasta que me topé con algo que, siendo totalmente inesperado
y absolutamente sorprendente, despertó la más profundas de mis envidias.
Siempre había deseado tener algo del tamaño como lo que calzaba aquella
tremenda señorita.

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